América Latina lleva la batuta global en energía limpia

En 2016, más de 98% de la electricidad del país procedió de fuentes como energía hidroeléctrica, eólica, solar, de biomasa y hasta geotérmica (a partir de volcanes).

(Bloomberg) Costa Rica, que tiene cinco millones de habitantes y carece de ejército, no es precisamente un potencia. En los últimos tiempos, sin embargo, este país del istmo centroamericano que tiene las dimensiones de Dinamarca, concita atención por una virtud menos evidente: la red eléctrica más limpia del hemisferio.

En 2016, más de 98% de la electricidad del país procedió de fuentes como energía hidroeléctrica, eólica, solar, de biomasa y hasta geotérmica (a partir de volcanes). Fue el segundo año consecutivo en que la mayor parte de la energía del país procedió de fuentes renovables.

Costa Rica no es una excepción. Desde el desierto de Atacama que barren los vientos hasta el abrasador noreste brasileño, la energía limpia está a la orden del día.

A pesar de que el lento avance de las reformas del mercado de energía en México, una contracción del crédito en Brasil y cuellos de botella de infraestructura en Chile y otros países afectaron las inversiones el año pasado –que declinaron 30% en el conjunto de la región respecto de 2015, según Bloomberg New Energy Finance (BNEF)-, los países de América Latina y el Caribe se han convertido en pioneros de la energía baja en carbono.

Más de la cuarta parte de la energía primaria de la región procede ahora de fuentes renovables, más del doble que el promedio global.

Aumentar el uso de energía renovable puede representar una doble victoria para Latinoamérica al llevar a una red eléctrica más limpia e inteligente. La energía baja en carbono, que los planificadores estatales soslayaron durante mucho tiempo, inclinándose por pozos petroleros caros y enormes obras de energía hidroeléctrica (que es renovable pero no siempre verde), goza de escasos incentivos y de marcos de regulación que con frecuencia son incompletos.

En consecuencia, la energía limpia ha tenido que competir para sobrevivir, un modelo de negocio difícil que es también una ventaja en una región cuyo nacionalismo de recursos la ha hecho víctima del amiguismo, el despilfarro y la falta de transparencia.

Basta con pensar en Petrobras, la gran compañía petrolera brasileña víctima de sobornos generalizados y confiscaciones estatistas.

La energía limpia no es inmune a la corrupción: piénsese en los “señores del viento” de Italia, que intervenían en las licitaciones públicas para conseguir grandes contratos. Pero en América Latina el mercado renovable es muy abierto: no hay Solarbras ni Vientomex que obstaculicen la competencia. Entre 2010 y 2016, más de 40% de la “inversión revelada” en iniciativas de energía limpia locales procedió de fuera de la región. Tan solo Brasil incorporó US$ 53,000 millones a su creciente mercado.

Eso hace de la energía limpia de América Latina uno de los mercados más amables del mundo para el capital internacional, informó BNEF en marzo.

Es mucho lo que genera esa amabilidad. El sol ilumina desde la Cordillera de los Andes hasta las costas atlánticas, mientras que la Patagonia es un parque eólico natural. Parte de ese potencial ya se ha aprovechado.

Desde principios de la década de 1970, regímenes ambiciosos con grandes visiones de convertir sus países en potencias mundiales erigieron grandes represas hidroeléctricas que en su conjunto aportan las dos terceras partes de la electricidad de la región.

Brasil fue uno de los que primero adoptó los biocombustibles.

Desde principios de la década de 1970, su etanol de combustión limpia ha reemplazado a 2,400 millones de barriles de petróleo (cerca de la producción anual de Brasil) y ha mantenido la atmósfera libre de 1,000 millones de toneladas de dióxido de carbono, me dijo el experto en energía José Goldemberg, presidente de la Fundación de Investigaciones de São Paulo.

Como en otras regiones, sin embargo, el entusiasmo latinoamericano por la energía renovable ha cedido.

Después de todo, durante décadas la plataforma de perforación fue el monumento a la soberanía y el petróleo constituyó el elixir de populistas desde el mexicano Lázaro Cárdenas (1934-1940), que obligó a sus compatriotas a empeñar joyas y ganado para pagar la compañía petrolera nacional, hasta el venezolano Hugo Chávez, que convirtió la empresa petrolera estatal PDVSA en una caja registradora del socialismo bolivariano.

El descubrimiento brasileño de petróleo “presal” bajo la plataforma continental –un “billete de lotería ganador”, proclamó el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva- extendió el reinado del petróleo.

Brasil nunca renunció a la energía hidroeléctrica, pero la dependencia del petróleo, en especial cuando los precios declinan, ha ensuciado la red eléctrica. En 2012, apenas 6% de la electricidad era térmica. Pero para 2014, Brasil obtenía casi la cuarta parte de su electricidad de plantas térmicas, a combustión de gas, carbón o diésel, que emite carbono.

“La red eléctrica de Brasil se está carbonizando”, dijo Goldemberg. Políticas fiscales erradas han agravado la situación. Al imponer un límite artificial al precio de la gasolina a principios de la década a los efectos de contener la inflación, el gobierno brasileño socavó la competitividad del combustible de etanol, lo que obligó a decenas de destilerías a cerrar sus puertas.

En los últimos tiempos, sin embargo, las autoridades están buscando alternativas. La caída del petróleo ha hecho que países perforadores como Ecuador, Venezuela y México se queden sin ingresos producto de exportaciones. Por otra parte, crece el consenso de que a menos que se ponga freno a los gases de carbono que calientan el planeta, América Latina lo pagará muy caro.

Ninguna otra región la superó en lo relativo a calificar el riesgo del cambio climático, y sobre todo Brasil, según determinó el año pasado la Encuesta Pew.

La adversidad y la resistencia política también han ayudado al alentar la innovación y la inversión en energía más limpia. Bajo presión ante protestas y demandas, los gobiernos buscan reducir la magnitud de la energía hidroeléctrica, cuyas enormes represas desplazan poblaciones y elevan las emisiones de carbono en tanto se descomponen los bosques inundados. Otras formas de energía baja en carbono cobran fuerza en la región.

Entre 2006 y 2015, la capacidad renovable no correspondiente a energía hidroeléctrica se ha más que triplicado en América Latina, concluyó BNEF.

Una mejor tecnología también ha convertido el aprovechamiento del viento, las olas y el sol, que ha pasado de sueños bienintencionados pero exorbitantes a opciones viables competitivas.

En momentos en que declina el precio de producir electricidad a partir de paneles fotovoltaicos, cuatro países latinoamericanos se ubicaron entre los primeros ocho del índice de energía baja en carbono Climate Scope de Bloomberg, que integran 58 países.

No es que la energía renovable esté libre de obstáculos. En primer lugar están los cambios inherentes al viento y el sol, que significan un suministro eléctrico no uniforme y una mayor preocupación de los inversores respecto del riesgo.

Otro gran obstáculo es la falta de líneas de transmisión, que no han seguido el ritmo de los proyectos solares y eólicos, lo cual hace que haya plantas que permanezcan ociosas, informó Bloomberg News.

Pero no se trata de callejones sin salida, sino de dolores del crecimiento de lo que una importante autoridad en energía verde ha calificado de “algunos de los mercados de energía renovable más dinámicos del mundo”.

Entre los ganadores figura el multimillonario Mario Araripe, que amasó su fortuna con la energía eólica. Sin embargo, si bien inversores y algunos visionarios se han destacado, las autoridades abren el camino.

Hace una década, nada de la electricidad que alimentaba Rio Grande do Norte, un pequeño estado brasileño de aproximadamente las dimensiones de República Dominicana, procedía de los fuertes vientos que soplan en el noreste del país.

Gracias a una política innovadora, a nueva tecnología y préstamos subsidiados del banco de desarrollo nacional, el 85% de la red eléctrica del estado se alimenta ahora de casi 1,000 turbinas eólicas, muchas de ellas de fabricación brasileña, me dijo el exsecretario de Energía del estado, Jean-Paul Prates.

Prates, que dirige la fundación de energía renovable CERNE, dijo que en la actualidad la energía eólica brasileña compite en licitaciones públicas con la electricidad generada por carbón, energía nuclear, gas natural y hasta energía hidroeléctrica en pequeña escala.

“Los historiadores nos dicen que se descubrió Brasil gracias a que los navegantes portugueses que evitaban las zonas de calmas ecuatoriales viraron al oeste, encontraron las corrientes de América y llegaron a esta parte del Nuevo Mundo”, dijo Prates. Medio milenio más tarde, acaba de iniciarse un redescubrimiento en alas del viento.

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